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Los cierres del coronavirus: los economistas buscan mejores respuestas

Caída de finanzas y mercados durante la pandemia del COVID-19.

Cuando los casos de COVID-19 comenzaron a proliferar en Nueva York en marzo, el gobernador Andrew Cuomo impuso un cierre a los negocios no esenciales para frenar la propagación del coronavirus, calificándolo como “la acción más drástica que se puede tomar”.

Ahora los investigadores dicen que el uso de enfoques más específicos, en Nueva York y en otros lugares, podrían haber protegido la salud pública ocasionando menos dolor económico.

Las empresas de la ciudad de Nueva York, donde comenzará una fase inicial de reapertura el lunes, han estado cerradas durante 11 semanas. Pero un estudio reveló que el costo económico podría haberse reducido un tercio o más si se hubiesen elegido de manera estratégica los vecindarios que se iban a cerrar, calibrando el riesgo de infección para los residentes y los trabajadores locales con el impacto en los empleos de la ciudad.

Los códigos postales más afectados por el brote no son necesariamente los lugares con la mayor concentración de empleos. Los investigadores descubrieron que sería posible mantener abiertas las empresas en ciertas zonas si las posibilidades de propagar el virus fueran bajas, sobre todo si el costo económico de cerrarlas fuera desproporcionadamente alto.

“La instrumentación contundente de una política uniforme ocasiona más daños económicos y de salud de los necesarios para lograr el mismo objetivo que es evitar el aumento de las infecciones”, dijo John Birge, matemático de la Universidad de Chicago, uno de los autores del estudio.

Otros investigadores están analizando el problema con evaluaciones del nivel relativo de riesgo que representan las diferentes empresas.

“La distinción entre los negocios esenciales y los no esenciales es muy arbitraria”, dijo Katherine Baicker, economista de la Universidad de Chicago que participó en la investigación. “En un mundo en el que los encargados de formular políticas pueden diferenciar el tipo de negocios, la geografía y el tiempo, la respuesta política podría ser mucho mejor”.

Mientras las muertes diarias por COVID-19 disminuyen en Nueva York y en muchas otras zonas del país, y se flexibiliza el confinamiento en ciudades y estados, los investigadores comienzan a evaluar algunas estrategias alternativas para controlar la propagación del virus. Gran parte de su trabajo implica el uso de datos para diseñar políticas de contención menos restrictivas, tanto en Estados Unidos como en otros lugares.

En Europa, Francia y España han adoptado versiones de un plan presentado por Bary S. R. Pradelski, economista de la Universidad de Oxford, y Miquel Oliu-Barton, matemático de la Universidad de París-Dauphine, para dividir los países en zonas peligrosas de color y zonas verdes que son más seguras. Esa propuesta permite viajar dentro y entre las zonas verdes, pero la movilidad se reduciría en las zonas de color rojo.

En Estados Unidos, un grupo de investigadores, incluido Baicker, está analizando un camino diferente: utilizan datos de teléfonos celulares y encuestas para identificar cuáles empresas son más concurridas, así como cuánta actividad se realiza en interiores y cuánta interacción implica, bien sea de persona a persona o por el contacto con superficies compartidas.

Por ejemplo, los clientes tienden a quedarse más tiempo en un Chuck E. Cheese que en un Chick-fil-A, lo cual aumenta su riesgo de contagio si alguien cercano está infectado. Chick-fil-A, sin embargo, recibe muchos más clientes por metro cuadrado, lo que hace que más personas estén en contacto. Los salones de belleza implican una interacción más personal que las tiendas de jardinería. Algunos restaurantes están llenos en ciertos momentos, mientras que otros reciben clientes de manera constante durante todo el día.

La idea de los investigadores es que las empresas podrían actualizarse según sus necesidades, por ejemplo, espaciando mesas o limitando la circulación de personas, y a la vez proteger la salud de todos. Además, con acceso a la información en tiempo real, los consumidores podrían evitar los negocios más riesgosos y comprar cuando sus tiendas preferidas estén menos concurridas.

El estudio de la ciudad de Nueva York también se basó en datos de teléfonos celulares. Esa investigación, realizada por Birge y Ozan Candogan de la Universidad de Chicago y Yiding Feng de la Universidad del Noroeste, se basa en la premisa de que los residentes de un vecindario pueden contraer el virus o infectar a otros, mientras trabajan en otro barrio, dependiendo de cuánto tiempo pasen allí y la tasa de infección en ambos lugares. El riesgo de propagar el virus al abrir las empresas de un vecindario determinado también aumenta con el tamaño de su población susceptible.

“La movilidad juega un papel clave”, dijo Candogan. “Con políticas inteligentes podríamos reducir la propagación de la enfermedad y minimizar la pérdida de empleos”. El estudio identifica el plan que conserva la mayor cantidad de empleos posible y, a la vez, contiene la enfermedad.

“Con la focalización adecuada”, escribieron los académicos, “es posible lograr una reducción de infecciones con un costo económico que sea de un 33 a un 42 por ciento menor que las políticas uniformes de cierre en toda la ciudad”.

La ciudad de Nueva York no tiene el control absoluto de su destino. Si las áreas adyacentes en el condado de Westchester, Long Island y Nueva Jersey permanecen abiertas para los negocios, los neoyorquinos que se infecten mientras trabajan allí propagarán el virus por la ciudad cuando regresen a sus hogares.

Pero incluso en el pico del contagio, que sucedió a mediados de abril, suponiendo que el 80 por ciento de los negocios hubiesen permanecido abiertos en los condados vecinos, cerrar las empresas de manera más focalizada habría permitido que la ciudad de Nueva York redujera las tasas de infección en todos los vecindarios mientras funcionaba el 40 por ciento de su economía, según estimaciones de tres investigadores.

El desafío se hace más fácil a medida que disminuye la tasa de infección. Si, durante el verano, Nueva York llega a un punto en el que la infección se ha desvanecido y la tarea es evitar que haya un nuevo brote del virus, muchos más negocios podrían reabrir, según los investigadores.

En el primer caso, durante el pico del brote, Wall Street habría tenido que permanecer cerrado, como la mayoría de las empresas en Manhattan. Pero las empresas en el Distrito de la Moda de Manhattan, donde hay muchos trabajadores pero solo una pequeña población residente, podrían haber abierto sus negocios, así como aquellas ubicadas en una amplia franja de los otros distritos. El riesgo de contagio por parte de personas ajenas que entraban a trabajar allí era lo suficientemente pequeño, y la ganancia de mantener sus trabajos era lo suficientemente grande como para justificar que siguieran laborando.

Cuando Nueva York logre reducir drásticamente las tasas de infección, y el desafío sea evitar una segunda ola, la ciudad podría mantener el 87 por ciento de su economía en funcionamiento incluso si los condados adyacentes estuvieran operando al 80 por ciento de su capacidad, dijeron los investigadores. Jackson Heights y Corona, en Queens, tendrían que mantener la mayoría de sus negocios cerrados, al igual que grandes sectores del Upper East Side de Manhattan y Kingsbridge Heights en el Bronx. Pero la mayoría de los vecindarios podrían permitir que las empresas reanuden sus operaciones.

No está claro hasta qué punto estos estudios podrían generar políticas útiles. Puede ser difícil para Cuomo o para el alcalde Bill de Blasio cerrar un vecindario y mantener abiertos los adyacentes. En cualquier caso, una característica sorprendente que surge de esta investigación es la medida en que los datos podrían ayudar a enfocar las decisiones.

Ambos estudios estadounidenses se basan en datos de teléfonos celulares que reflejan patrones de movimiento y comercio. Los investigadores no tienen acceso a la información de usuarios individuales.

Pero hay más datos disponibles. Investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania, la Universidad de Chicago y la Universidad de California, campus San Diego, estudiaron qué se podría hacer con los datos de seguimiento de teléfonos celulares que, más bien, detallaran el historial de viajes de las personas que se habían infectado. Eso fue lo que hicieron en Corea del Sur.

Corea del Sur detectó su primer caso de COVID-19 el 20 de enero, un día antes que Estados Unidos. Para el 26 de mayo, 295 de cada millón de estadounidenses habían muerto por la enfermedad, casi 60 veces la tasa del país asiático. Y se contuvo la enfermedad sin imponer un cierre. El Fondo Monetario Internacional espera que la economía de Corea del Sur se contraiga solo un 1,2 por ciento este año, en comparación con el 5,9 por ciento de Estados Unidos.

Corea del Sur comenzó a hacer pruebas a las personas mucho antes que Estados Unidos, lo que hizo que las autoridades de salud pudiesen rastrear las posibles rutas de contagio y aislar a los infectados. Pero los investigadores señalan que la estrategia de Corea del Sur también se basó, de manera crítica, en la publicación de sus historiales de viaje.

Los surcoreanos recibían mensajes de texto cada vez que se detectaban nuevos casos en sus vecindarios, así como la información y los cronogramas de viaje de las personas infectadas. Aunque los negocios no se cerraron, los surcoreanos sabían cuál Starbucks había atendido a una persona infectada y podían mantenerse alejados por un tiempo.

Mediante el uso de datos de teléfonos celulares para rastrear los cambios en los desplazamientos de las personas, los economistas estimaron que solo en Seúl, la divulgación pública le restaría 400.000 casos al conteo total durante dos años y 13.000 al número de muertes. Además, lograr la misma tasa de letalidad con cierres en toda la ciudad, como los realizados en Nueva York, duplicaría el costo económico.

Fuente: Listín Diario

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